Entre guitarras y abucheos: la política irrumpe en el corazón de Cosquín
Por Gustavo Restivo
La escena ocurrida en la Plaza Próspero Molina durante el Festival Nacional de Folklore de Cosquín volvió a poner en primer plano una tensión latente: la creciente polarización política del arte y, en particular, del folklore argentino. La presentación de la cantante Luciana Jury, atravesada por críticas explícitas a los gobiernos de Mauricio Macri y Javier Milei, derivó en un episodio inusual: un sector mayoritario del público respondió con un contundente “no” cuando la artista consultó si deseaban una canción más, gesto que selló un cierre cargado de incomodidad y simbolismo .
El episodio no puede leerse como un hecho aislado. Cosquín, emblema del folklore tradicional, ha sido históricamente un espacio donde conviven la expresión popular, la identidad cultural y, de manera intermitente, el compromiso político. Sin embargo, la radicalización del debate público argentino parece haber transformado esos matices en un campo de confrontación directa. La reacción adversa no fue solo hacia el contenido del mensaje, sino también hacia la irrupción de un discurso militante en un escenario que muchos espectadores perciben como un refugio cultural, ajeno a la grieta.

Desde el escenario, Jury defendió la libertad expresiva del artista y relativizó los abucheos, subrayando que el disenso forma parte del juego democrático. Su postura conecta con una tradición de músicos comprometidos socialmente, desde Mercedes Sosa hasta León Gieco, que entendieron al arte como una herramienta de interpelación. No obstante, el clima actual imprime otra lógica: la palabra política ya no genera debate, sino alineamientos automáticos y rechazos viscerales.
La intervención de Susy Shock, con su frase “el folklore no es de ningún alcahuete del poder”, profundizó esa fractura. Allí quedó expuesto un dilema central: ¿puede el arte sostener un discurso crítico sin quedar atrapado en la lógica binaria de la política partidaria?

Lo ocurrido en Cosquín revela un cambio de época. La polarización ha colonizado los escenarios culturales, tensionando la relación entre artistas y público. En ese cruce, el folklore —símbolo de identidad colectiva— enfrenta el desafío de no convertirse en un nuevo campo de batalla de la grieta, preservando su potencia expresiva sin renunciar a la reflexión crítica.




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