Cuando la política provincial se confunde con la planilla
Por Gustavo Restivo
Atento a las expresiones de Gabriel Bornoroni tras la apertura de sesiones de la Legislatura de Córdoba con la atención que merece todo dirigente que busca interpretar el momento político. Y volvía una sensación conocida: también en la política provincial empezamos a confundir la conducción con la administración y el proyecto con una planilla prolija.
Bornoroni reclamó un plan. Dijo esperar un discurso que marcara con claridad el rumbo hacia 2026. El planteo no es ilegítimo. Córdoba atraviesa tensiones reales: presión fiscal, demandas de seguridad, deterioro de servicios, relación áspera entre Provincia y municipios. Pedir previsibilidad es razonable. El problema aparece cuando esa demanda se formula como si la política fuera una cuestión de cronograma y no de sentido.
La apertura de sesiones no es un trámite contable ni una exposición de logros. Es, o debería ser, el momento en que un gobierno provincial explica para qué gobierna Córdoba y a quiénes piensa incluir en ese camino. Cuando el discurso se limita a enumerar gestión sin construir horizonte, se vuelve administración sin relato.
Pero también es cierto que reducir la política provincial a la exigencia de “un plan” encierra una trampa conceptual. Córdoba no necesita solo metas para dentro de dos años; necesita decisiones hoy que ordenen el presente. La política no se posterga hacia el calendario siguiente sin pagar costos sociales.
Bornoroni expresa una mirada propia del mundo de la gestión, donde el orden se mide en equilibrios y resultados. Esa mirada aporta racionalidad, pero es políticamente insuficiente si no se integra a una concepción más amplia de comunidad. En una provincia con profundas desigualdades territoriales, el equilibrio fiscal no puede pensarse al margen de la inclusión social y del desarrollo regional.
La Legislatura cordobesa, como ámbito político, no debería reducirse a un espacio de conteo de votos ni de resistencia opositora. Su función es más exigente: producir acuerdos que permitan gobernar una provincia compleja, con intereses diversos y demandas urgentes. Cuando la política se convierte solo en aritmética parlamentaria, se empobrece.
La discusión de fondo no es si el gobernador habló bien o mal, ni si el plan para 2026 fue explicitado con suficiente detalle. La discusión es más profunda: qué modelo de provincia se está construyendo y con qué grado de consenso social. Sin esa respuesta, cualquier planificación corre el riesgo de ser un ejercicio técnico sin legitimidad política.
Bornoroni no está equivocado al pedir previsibilidad. Pero la previsibilidad no surge únicamente de los anuncios. Surge de la capacidad de integrar, de escuchar a los intendentes, de reconocer a la oposición como parte del sistema y no como estorbo.
Córdoba tiene historia, tiene identidad política y tiene experiencia de gestión. Lo que hoy parece faltarle no es capacidad técnica, sino una narrativa que vuelva a unir administración con proyecto. La política provincial no puede limitarse a resistir ni a esperar. Tiene que conducir.
Porque el problema no es el 2026. El problema es si somos capaces de ordenar el presente cordobés antes de que la política se transforme, definitivamente, en una planilla bien hecha y una sociedad mal contenida.




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